El nino de las estrellas libro

Pensé que estaba frente a un chico importante, no como yo, un simple estudiante en vacaciones. Él tenía un avión, un uniforme y una misión, tal vez algo secreto No me atreví a preguntarle a qué club pertenecía ni de qué se trataba su misión; me infundía algo así como respeto o temor, a pesar de lo pequeño; era diferente, demasiado silencioso.

Tal vez quedó un poco atontado por efec- to del accidente. Él se dio cuenta de mi molestia y le pareció divertido el asunto.


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Extrajo del cinturón uno de los aparatos; era una cal- culadora, la encendió y aparecieron unos signos luminosos, des- conocidos para mí. Sacó unas cuentas y al ver el resultado se puso a reír y dijo—: No, no, si te lo digo no me lo creerías. Llegó la noche y apareció una bonita luna llena que ilumi- naba el mar y toda la playa.

Él permanecía mirando el panorama, el cielo, las estrellas y la luna, siempre en silencio, como si yo no existiese. Entonces comencé a sospechar que ese chico no era de aquí, que venía de lejos, de quién sabe dónde; pero cada vez me iban gustando menos sus silencios, sus misterios. Pensé un buen rato antes de abrir la boca. Él me observa- ba con los ojos llenos de curiosidad y de luz, parecía que las estrellas de la noche se reflejaban en sus pupilas, se veía dema- siado radiante para ser normal. Eso era algo 20 Ami, el niño de las estrellas ami estrellas.

Fue entonces cuando supe que sí venía de otro mundo. Me sorprendí mucho con su insinuación. Comprendí entonces que quiso decir que los terrícolas no somos muy buenos, y eso me molestó un poco, pero preferí ignorarlo por el momento.

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Decidí ser muy cauteloso con aquel alien que pretendía rebajar mi autoestima planetaria Por momentos no lo podía creer. Sus palabras produjeron un extraño efecto en mí. Pero todavía me seguía molestando algo: Esta atmósfera le otorga un brillo, un color Volví a sentirme mal, peor ahora porque no me estaba res- pondiendo, otra vez.

No, no me creerías Una civilización de esa región colonizó el Cordón de Zeta Reticulis y ahora vive en Es un milagro Me miró con aten- ción, no parecía molesto conmigo. Retiré la cabeza; me molesta que me traten como a un niño, sobre todo otro chico, o como a un tonto, porque soy uno de los 22 Ami, el niño de las estrellas ami estrellas.

Ami, el nino de las estrellas – Enrique Barrios

Se creía extraterrestre, por eso decía cosas tan absurdas. Me dio vergüenza y rabia, conmigo mismo y con él. Me dieron ganas de darle un buen golpe en la nariz. Quedé paralizado, sentí temor. Lo miré y me pareció que sonreía victorioso y burlesco, y eso no me gustó, preferí creer que aquello fue una casualidad, una coincidencia entre lo que yo pensé y lo que él dijo. Una idea genial me vino a la cabeza: Le hizo gracia mi torpe disimulo. Yo no estaba dispuesto a ceder un milímetro. Estiró las piernas y apoyó los codos sobre la roca. Fue como un golpe en el estómago.

Me dieron ganas de llo- rar, me sentí tonto y torpe. Decidí no volver a desconfiar de él. Otra vez me causaba sorpresa y admiración. Luego exclamó con entusiasmo: AmiCapítulo 2 Pedrito volador ami estrellas. Pensé que se iba a matar. Fui corriendo lleno de angustia a echar un vistazo hacia el abismo. No pude creer lo que vi: Pero de inmediato recordé que no debía sorprenderme demasiado por nada de lo que hiciera aquel alegre y extraordi- nario ser de las estrellas.

Bajé de la roca como pude, con gran cuidado, y me uní a él en la playa. Pensé que me hubiera gustado actuar como él, pero yo no podía sentirme tan libre y alegre así como así.

Vino a mi lado intentando animarme y dijo con gran entusiasmo—: Me tomó de la mano y sentí una gran energía en el brazo, en todo el cuerpo, y comenzamos a correr por la playa. Parecía suspenderse en el aire unos momentos antes de caer sobre la arena. Poco a poco fui dejando de pensar como de costumbre, fui cambiando; ya no era yo mismo, el de siempre. Animado por el chico de blanco, fui modificando mi forma de pensar, fui deci- diéndome a ser liviano como una pluma, estaba poco a poco aceptando la idea de ser un ave.

Cada vez lo hacíamos mejor, y eso me sorprendía.

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Parecía otra forma de existir, otro mundo. Para mí fue como un sueño. Cuando me sentí cansado me lancé sobre la arena jadeando y riendo feliz. Había sido algo fabuloso, una experien- cia inolvidable. No sabía todavía nada acerca de las sorpresas que me tenía preparadas aquella noche increíble Mi amigo, tendido sobre la arena bañada por la claridad de nuestro satélite natural, con- templaba con deleite, extasiado, esos movedizos reflejos sobre las aguas nocturnas; luego se regocijaba mirando la luna llena.

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Yo nunca había pensado que lo fuera, pero ahora que él lo decía Suspiró mirando hacia un punto del cielo a nuestra derecha. Recordé que me había insinuado que los terrícolas no somos demasiado buenos, y creí comprender una de las razones: Le hizo gracia mi pregunta. Es sólo que no existen en tu lengua los sonidos de mi nombre, así que no vas a poder pronunciarlo.

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Vaya, yo creía que eras telépata. Porque eso es lo que soy: Me miró con alegría y exclamó: Yo sentí que en ese momento sellaba una nueva y muy especial amistad, y así iba a ser. Mientras Ami observaba el cielo me puse a pensar en las películas de invasores extraterrestres que había visto tantas veces en la televisión, en el cine y en Internet.

Mi pregunta le hizo gracia. Su risa fue tan alegre que me contagió y me hizo sentir ridícu- lo por mi desconfianza. Después traté de justificarme: Apretó un botón y apareció una pantalla encendida.

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Era un pequeño televisor en colores y sorprendente- mente claro y nítido. Ami hacía zapping con rapidez. Aparecían unos seres con cabezas de pulpo y muchos ojos saltones surcados de venitas rojas. Disparaban rayos verdes contra 30 Ami, el niño de las estrellas ami estrellas. Mi amigo parecía divertirse con ese film. Me dejó pensando, pero al final no me convenció. Sonrió y me dijo: Claro que no. Yo no podía comprender. Ami captó mi pensamiento y me explicó: La verdadera inteligencia va de la mano de la bondad, o no es inteligencia.

Ami parecía querer pintarme un nuevo Universo, uno color de rosa, y no le creí demasiado; pensé que podrían existir algunos planetas habitados por locos que no son tan locos, es decir, por gente inteligente, fría, científica y eficiente, y al mis- mo tiempo malvada, cruel. Él, por supuesto, pudo ver lo que yo estaba pensando y, como siempre, le hizo mucha gracia.

Eres todo un caso, Pedrito. Yo pensé un poco antes de responder, pero no encontré ninguna señal de maldad alienígena en nuestra historia. Él procuró tranquilizarme: Pero, en definitiva, todas las civilizaciones planetarias insensibles ante la solidaridad universal se autodes- truyen si alcanzan un alto nivel tecnológico y no logran superar su dureza de entendimiento, su falta de lógica superior. En otras palabras, cuando el nivel científico de un mundo supera dema- siado su nivel de solidaridad, ese mundo se autodestruye.